Cómo se vivía el carnaval en los comienzos de la Patria

Máscaras, caretas y disfraces. Nada resume mejor el espíritu de la celebración que la que la comunidad cristiana practica desde la época medieval y que, a su vez, aquellos hombres copiaron de festejos paganos.

Durante los días de carnaval todos participaban del festejo. El disfraz y las máscaras hacían que se desatendieran las jerarquías y los prejuicios, lo que lograba que cada uno asumiera un papel diferente del habitual. Pero, además, en nuestra región se sumaron los aportes de los pueblos nativos -sobre todo el quechua en el norte argentino y Bolivia- y de la naciones africanas, en el litoral, incorporando el candombe, las murgas y las comparsas.

El espíritu permisivo en el Río de la Plata admitía en esos tres días el baile denominado fandango, que en tiempos de los virreyes se consideraba escandaloso por su nivel de sensualidad, ya que existía algún tipo de contacto de piel entre el hombre y la mujer, en medio de exagerados movimientos de cadera. Era, según palabras de aquel tiempo, un «baile deshonesto».

La adaptación al clima también fue importante. No era lo mismo el carnaval europeo en invierno que el sudamericano en verano, donde se agregaron los juegos con agua, diversión de los mayores, amparados en las conductas relajadas y el ocultamiento de la identidad mediante el disfraz. Para llevarlos a cabo, vaciaban las cáscaras de los huevos de gallina, los llenaban de líquido y luego los tapaban con cera, dejándolos listos para la batalla. También se empleaban otros recipientes, como jarras y baldes. En estos casos, se sumó una variante: el agua con jabón, bien revueltos, que provocaban baños de espuma. Estos elementos permiten explicar el origen de las bombitas de agua, en reemplazo de los huevos, y de la espuma. Resta aclarar que la utilización del «bombero loco», la profesión asociada al lanzamiento de agua, es más reciente.

Los permisos y las proscripciones fueron una constante. En 1770, se estableció que las celebraciones debían ser puertas adentro. En 1778, el virrey Cevallos prohibió el festejo de carnaval debido a los incidentes que se generaban. Lo mismo hizo Avilés a su turno, en 1800, castigando con multa o pena de trabajar en el empedrado de Buenos Aires a quienes arrojaran «agua, huevos, harina ni otra cosa alguna». En aquel tiempo, la ciudad de Salta se vestía de fiesta, dando rienda a suelta a la alegría, mientras que en Jujuy se celebraban sueltas de toros al estilo de los festejos de San Fermín.

Sobre el uso de máscaras y disfraces, siempre hubo restricciones. Se prohibía terminantemente usar los hábitos eclesiásticos y los uniformes militares, como así también «vestirse del otro sexo».

Pero el gran trastorno para las autoridades eran los juegos con agua. Siempre hubo quienes lanzaban el huevo, pero en vez del líquido llevaban el contenido original. En 1809 se dio el caso del mozo de pulpería, Francisco Bravo, que fue detenido «por haber inutilizado un rebozo -es decir, una mantilla- de Mercedes Godoy», al lanzarle yema y clara como si fuera agua.

En 1817, el director supremo Juan Martín de Pueyrredón dio a publicidad una «Insinuación del Gobierno Supremo», cuyo texto es el siguiente:

Al pueblo grande y culto de Buenos Aires debe causarle rubor que los extranjeros sean testigos de los desórdenes que se cometen en los días de carnaval. En las provincias interiores se observa mayor moderación, cuando menos en el modo. No puede sufrirse que las personas más condecoradas y respetables de uno y otro sexo se vean insultadas por toda clase de gentes, y que no sean consideradas la urbanidad, la salud ni la decencia.

Pero aún es mucho menos tolerable que las mismas personas condecoradas autoricen con su ejemplo el desorden y que quieran hacer valer su mismo carácter para insultar con impunidad.

El texto proseguía reclamando moderación con el fin de no exhibir ante los visitantes esas ridículas conductas como costumbres de la Patria. Acerca de los festejos en el norte del territorio, rescatamos comentario de Tomás de Iriarte, quien ese mismo año, 1817, integraba el ejército realista:

A pesar de la guerra y de la escasez de víveres preponderaba el buen humor militar y Jujuy estaba muy divertido; yo llegué en los días de carnaval y los bailes eran continuos, asistía a todos y me divertía bastante.

Las jujeñas eran generalmente realistas y por consiguiente nos hacían muy buen lugar. (.) Pero, a propósito del carnaval, nunca podré olvidarme del uso desmesurado que hacen de la harina en sus juegos, se empolvan unos a otros la cara, de modo que cuando bailamos puede decirse que todos estábamos enmascarados, con solo los ojos descubiertos.

El propio Iriarte, luego de abandonar las armas del rey y sumarse a las filas patriotas, viajó a Buenos Aires. El carnaval de 1818 lo encontró en el camino entre Arrecifes y Luján donde, «a nuestro paso por las casas de posta entrábamos a la diversión y salíamos inundados de agua». Dos años más tarde, el mencionado oficial se vio envuelto en un combate de huevos en las azoteas de la actual calle Reconquista. Por último, recordemos que Iriarte se enamoró de una vecina de quince años, Eugenia Cires, y aprovechó las libertades del carnaval de 1822 para terminar aterrizando en el patio de la casa de la joven. Se comprometieron pocos días después.

En 1819, la escuadra libertadora deseaba aprovechar, según palabras de Thomas Cochrane, «el último día de carnaval, en que todas las clases de Lima debían estar sumergidas en la molicie y bacanales de costumbre», para hacer su ingreso sorpresivo en la ciudad. El plan no pudo llevarse a cabo por la espesa niebla de ese día.

El 9 de febrero de 1822, el periódico El Argos de Buenos Aires pretendió anticiparse a las consecuencias de las celebraciones alocadas mediante el siguiente aviso:

Se acercan los días de carnaval en que la generalidad de los habitantes de esta ciudad se abandona a una alegría que raya en furor. Las personas más distinguidas entregadas a este juego, que llamaremos bárbaro, parecen haber perdido entonces su razón y las vemos confundidas con la plebe más grosera.

No puede decirse en favor de este antiguo uso que los excesos que se cometen están mezclados con objetos en que tienen parte el ingenio y las invenciones agradables que se ven en otros países de Europa. (.) Esperamos, pues, que las personas cultas de Buenos Aires contribuyan con su ejemplo a que se olvide una diversión que debe mirarse como un resto de barbarie, sustituyéndole otros placeres en que reinen el buen gusto, el orden y la delicadeza con que debe distinguirse un pueblo que ha emprendido la grande obra de su civilización.

Retomaron el tema a la semana siguiente, aunque con cierta preocupación debido a que «se nos asegura que hay grande acopio de municiones para los tres días de locura, las cuales consisten en muchos millares de huevos llenos de agua. Estamos hoy en la víspera de estos nuevos bacanales destinados a inundar de agua a cuantos se atrevan a salir a la calle, sin que les valgan el traje ni el carácter que revisten».

Concluían en que depositaban su confianza en «el ejemplo de moderación que darán estos días las personas distinguidas. Pero, si a pesar de cuanto decimos, salieren burladas nuestras esperanzas, tendremos el dolor de concluir que aun hay entre nosotros mucha gente profana que no puede entrar al templo del buen gusto».

Sin duda, la prédica no llegó a mitigar los efectos nocivos del festejo. Por ese motivo, El Argos publicó el siguiente número, bajo el irónico título de «Triunfos más conocidos del Carnaval de 1822», un resumen de los hechos policiales:

-Pedro Luque: herido de una pedrada.

-José Villanueva: herido gravemente con un formón.

-José Ríos: cortados dos dedos de la mano de un sablazo.

-Francisco Benítez: dos heridas con una navaja.

-Manuel García: una pierna quebrada.

-Bernardo Vidal: sacada la lonja de carne desde la garganta del pie hasta la parte más inferior.

-Ignacio Capdevila: herido de una pedrada.

-Antonio Ariza: herido de un palo en la cabeza.

-Joaquín Marcó: muerto a puñaladas.

-José María Condeani: muerto a palos.

-Un joven: las piernas quebradas por el atropellamiento de un caballo.

En 1823, se intimó «a todos los dueños de casa y padres de familia» a que «prohíban a sus hijos, criados y domésticos el que jueguen con huevos ni agua». En su edición del 19 de enero, el periódico El Centinela propuso que, a partir de la prohibición decretada por el gobierno, la acción de la policía fuera más enérgica, de tal manera que «contrapesasen esa fatal propensión que arrastra al populacho en estos días a los entretenimientos más soeces». Además recordó que, gracias a la acción de las autoridades, las fiestas Mayas y la celebración de Nuestra Señora del Pilar en Recoleta (12 de octubre) de 1822 había tenido menos desórdenes que en años anteriores. Previendo la disconformidad de quienes habían acopiado huevos durante el año para jugar en esos días, El Centinela manifestó:

Pero, ¿y las mujeres? ¡Las pobres mujeres que han hecho provisión de millares de cáscaras para los juegos! ¿Nos harán alguna revolución porque se quita el carnaval por los herejes? No: harán este nuevo sacrificio en obsequio del decoro público. Pero aun pueden dar a estos materiales un destino decente y lucrativo. La cáscara del huevo molida y reducida a polvo forma con el agua o aceite aromático una masa compacta, que, reducida a pequeñas barras, sirve para purificar las manos como el más excelente jabón.

Sin embargo, la prédica de El Centinela cayó en saco roto. Ante la queja furiosa de muchos vecinos, pocos días antes del inicio del carnaval se levantó la prohibición y la guerra del agua volvió a estallar durante los tres días permitidos en el verano del 23.

 

(Fuente: Dniel Balmaceda, La Nación)

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